This is me

Alena Pons

Alena Pons

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Seguro que habéis visto montones de películas americanas para adolescentes donde hay la escena en la cafetería de rigor en la que se explican las «tribus», que vienen a ser denominaciones generalistas que reducen a los adolescentes a un solo rasgo, tipo: los populares, los empollones, los deportistas, los góticos, los frikis. Obviamente, nada es así de simple porque estas películas se empeñan en demostrarnos que el capitán del equipo de americano es además un apasionado de Hamlet y adora hornear pasteles con su hermana pequeña. 

Creo que en España no es tan común tener este tipo de distinciones, en parte supongo porque en los institutos no tenemos equipos deportivos, animadoras o clubes de teatro o de ajedrez, pero hay algo que sí que parece universal, y es la existencia de los «populares» y por ende, los «no-populares». En mi colegio (no diré instituto porque fui a un colegio religioso y acudí desde la guardería al bachillerato en el mismo centro), si eras lo opuesto a popular, eras un «margi», es decir, un marginado. No sé si os sorprenderá saber que yo era una margi. Pero, contrario a lo que pueda parecer, la mayoría del tiempo, me gustaba ser así. Como margi tenía más libertad de movimiento, no tenía que preocuparme si mi madre no me dejaba pintarme la raya o hacerme esas mechas rubias que estaban tan de moda como les pasaba a mis compañeras populares porque nadie esperaba que una margi luciera estilazo… También podía dedicar todo mi tiempo de recreo a fangirlear con mi mejor amiga del anime que estábamos viendo (Marmalade Boy, sigo teniéndote mucho cariño) y tampoco tenía que inventarme excusas si sacaba buenas notas como una de las chicas populares de mi clase que gritaba siempre que sacaba notables y excelentes de pura chiripa (¡No, M, sacabas esas notas porque estudiabas mucho!). 

Sin embargo, al llegar a la universidad, todo cambió. En el instituto me bastaba con ser una «rara» mientras tuviera unos pocos buenos amigos que se sentían tan fuera de lugar como yo;  pero en la universidad, todos queríamos lo mismo (en teoría) y por primera vez me sentí realmente fuera de lugar. Me sentí un fraude. 

Y cometí un error. Grande. 

Intenté adaptarme a lo que pensaba que querían los demás. Por aquel entonces, después de años soñando con vestirme de manera diferente y hacerme cosas en el pelo (aunque quizás no mechas rubias), me vestía con una mezcla de estética punk-gothic-lolita-friki que me hacía feliz. Pero, para compensar mi atuendo estrafalario y los imperdibles que me ponía de pendientes, sentía que modular mi carácter (no puedes ser chillona y vestir con ropa chillona). 

Lo peor de todo es que funcionó. Esa adaptación al medio me consiguió un buen lugar entre mis compañeros de carrera (incluso en el consejo de estudiantes de mi facultad) y los miembros del club de manga que había en mi universidad. Debería de estar contenta, ¿no? Mi estrategia había dado sus frutos, pero no lo estaba. Adaptar mi carácter y personalidad era agotador y además, hacía que me sintiera resentida. Resentida con estas personas que me aceptaban por lo que veían en lugar de por lo que era yo en realidad. 

Como deduciréis, tardé un buen tiempo en darme cuenta de que no tenía derecho a sentir resentimiento por ser buena actriz o porque mis amigos no vieran lo que yo no les dejaba ver. 

Para no enrollarme más, os contaré que en cuarto de carrera todo explotó; la presión pudo conmigo y acabé con una depresión que no le deseo a nadie. Salir de ella me costó mucho, pero al hacerlo decidí dejar de ser lo que creía que otros querían y preocuparme, simplemente (o complejamente según como se mire), por ser yo. No fue fácil y no me salió gratis, perdí a algunos amigos, pero, poder acostarme sin angustia en mi pecho valía esas pérdidas. Y ¿sabéis qué? No echo de menos a ninguna de esas amistades y las que siguen hoy en mi vida, sé que son de verdad y agradezco su presencia cada día.

La presión social siempre ha sido un enemigo muy difícil de combatir. Y ahora, con las redes sociales, es casi una hidra de siete cabezas (sobre todo por eso de que si cortas una, salen dos más). No es fácil, pero, desde lo más hondo de mi corazón, te recomiendo que seas quien eres. Puede que ahora nadie lo aprecie (ni siquiera tú), pero a la larga, te lo aseguro, de lo que estarás más orgulloso es de esas pequeñas cosas que te hacen ser… simplemente tú.

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