Quiero hablar en lugar de cancelar

Laia Soler

Laia Soler

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¿Os ha pasado alguna vez que al volver a ver una película que os encantó de pequeños os ha dejado más bien fríos? O peor: habéis identificado en ella detalles que os molestan o que ahora os resultan problemáticos.

Uno de los grandes ejemplos es Friends. Yo tenía veinte años la primera vez que la vi completa, y cada vez que lo pienso, escucho esa frase que últimamente oigo por todas partes: «A esa edad ya eres adulto, ya tienes capacidad para saber lo que está bien y lo que está mal». No sé vosotros, pero a los veinte yo me consideraba (más o menos) adulta, pero eso no me salvaba de, por ejemplo, el machismo internalizado.

 

¿Quién no ha llamado jamás «zorra» a otra chica? ¿Quién no ha hecho un chiste de cuñado en algún momento de su vida? No nacemos aprendidos, y hace diez años a mí me faltaba mucho por comprender. Por eso me reía con bromas de Friends que ahora lo único que consiguen es irritarme. Antes las leía solo en clave de humor; ahora entiendo que ciertos chistes solo ayudan a perpetuar estereotipos negativos.

La cuestión es que, a los veinte, recién salida de un colegio de monjas, no sabía nada de eso. ¿Qué iba a saber yo, que crecí cuando Internet se reducía al Messenger? ¿Dónde iba a informarme sobre feminismo, igualdad racial y derechos LGTB cuando ni siquiera era consciente de las problemáticas? De hecho, fue más o menos a esa edad cuando conocí por primera vez a alguien queer; hasta entonces, y aunque me crié en un clima de respeto y aceptación, todo lo que sabía se reducía a estereotipos. Con el tiempo, y gracias a esas personas abiertas a comunicarse y a mi interés, conseguí hacer estallar la burbuja donde había estado toda mi vida.  

Pero no todo el mundo tiene esa suerte. Tengo algunos amigos brillantes y compasivos con quienes hemos terminado discutiendo casi a gritos al hablar sobre políticas sociales o de género. Cuando he hablado de esas discusiones con otros amigos, no ha faltado nunca el típico: «No sé por qué mantienes esa amistad».

Pues porque son mis amigos desde que teníamos acné juvenil y porque he entendido que su forma de pensar no nace del odio. Es cuestión de perspectiva, y cuando nunca has salido de tu burbuja, solo tienes una. Por eso valoro tanto esas conversaciones, por mucho que se calienten a veces: porque me permiten salir de mi burbuja actual y comprender de forma profunda otras formas de pensar, sus razonamientos, objetivos y motivaciones.

Estoy de acuerdo con eso de que hay temas que no son objeto de debate, pero jamás deberían quedarse fuera de la mesa de conversación, porque creo que el intercambio de ideas es el único camino hacia el cambio. La gente machista no van a desaparecer de la noche a la mañana por arte de Thanos. Está en nuestras manos hacer estallar esas burbujas, comprender los miedos e inseguridades tras algunos discursos (excluyo los radicalizados), tender puentes de comunicación a pequeña escala: hacerle entender a tu padre que ese chiste está fuera de lugar, decirle a tu amiga que si su novio la ha engañado no es culpa de la otra porque es una «zorra»… Los pequeños gestos pueden provocar cambios enormes.

Si no tendemos puentes, ¿cuál es la alternativa? De nada sirve machacar a alguien porque haya soltado una burrada homófoba, ni hacer una campaña de cancelación en redes contra el famoso deslenguado de turno ni recuperar ese tuit idiota de 2008. Así solo conseguimos que se sienta atacado, humillado y resentido, y exacerbar la furia de los de su cuerda. 

Estoy segura de que en tiempos de la cultura de la cancelación mucha gente me llamará inocente o idealista por defender el diálogo entre opuestos. Pues que así sea. Prefiero ser idealista y fracasar llevando el diálogo como arma que hacer arder el mundo con el fuego que he encendido para defenderme.



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