Y tú, ¿cueces o enriqueces?

Laia Soler

Laia Soler

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De pequeña, me ilusionaban las cosas más insignificantes. Recuerdo contar los días que quedaban para mi santo porque en mi colegio era habitual llevar desayuno para toda la clase en tu santo y en tu cumpleaños. Esos días me levantaba más temprano de lo habitual para que nos diera tiempo a bajar a la ciudad para recoger en la pastelería las pastas que solía llevar. 

Aquellos días eran de los pocos en que no me costaba ni pizca despertarme, porque sabía que sería especial. Sucedía lo mismo en mi cumpleaños, pero también en momentos que otros verían insustanciales, como los días que estrenaba mochila o incluso un pequeño cuaderno.

Vivía con la ilusión y todas mis emociones a flor de piel. Y me gustaba ser así. Hasta que un día, cuando era adolescente, una de mis mejores amigas me dijo que solía obsesionarme con libros, películas y cantantes para no lidiar con mi día a día. Aquello me marcó, porque yo no sentía que estuviera huyendo de nada. Empecé a cuestionarme a mí misma y cómo vivía y sentía.

No me di cuenta, pero comentarios como ese, sumados a muchos otros criticando mi sensibilidad, hicieron que la limitara sin darme cuenta. Con el tiempo, dejé de ilusionarme por las pequeñas cosas, y también por aquellas más importantes, como los cumpleaños. Me puse la máscara de la indiferencia, tratando de pasar desapercibida, deseando quitarme de encima la etiqueta de «intensa». Me creí los cuentos que te dicen que eso es madurar. 

Me decía que darle importancia a ciertos días era entrar en el juego de una sociedad egocéntrica y consumista. ¿Por qué hay que celebrar los cumpleaños? ¿Qué hicimos ese día que merezca un aplauso? ¿Por qué darle importancia a fiestas indiscutiblemente consumistas como las Navidades?

Tuvo que llegar una pandemia para que fuera consciente de que llevaba puesta una máscara y que esa persona indiferente no era yo. Poco después de la declaración del estado de alarma y el confinamiento, llegó mi cumpleaños, y unas semanas más tarde, el de mi hermana, con quien comparto piso. Lo celebramos como nos lo permitieron las circunstancias: cocinando nuestros platos y pasteles favoritos para la otra. Convertimos nuestros cumpleaños en una burbuja de oxígeno. Fueron dos días luminosos en medio de la oscuridad.

La máscara cayó de golpe. Decidí volver a celebrar, a abrirme a la ilusión sin importar lo que opinaran otros. Y no sabéis cuánto me ha ayudado eso. Me he permitido ilusionarme de nuevo por fechas señaladas, e incluso ir más allá. La pandemia, como a muchos otros, hizo que mi necesidad de reconectar con la naturaleza explotara. Así fue como empecé a interesarme por el paganismo y la brujería tradicional.

Ayer celebré Beltane, una festividad celta dedicada al dios del sol que celebra la llegada de la estación clara, del verano. Medité, hice algunos rituales para reconectar conmigo misma y con mis objetivos, canté canciones de Disney a pleno pulmón… Celebré este día a mi manera. Sola y feliz.

Sé que a mucha gente le parecerá algo estúpido o muy friki. De hecho, cuando se lo conté a mi psicólogo, creía que me diría que se me estaba yendo la olla. Nada más lejos de la realidad. «Me parece perfecto, Laia», me dijo. Después me explicó que celebrar tiene grandes beneficios psicológicos: nos permite vivir el presente, contagia nuestra alegría a los demás, nos ayuda a centrarnos en lo positivo y cambiar hábitos… En resumen: nos acerca a la felicidad.

«Celebra lo que quieras, pero celebra», me dijo. Gracias a él entendí por fin que la máscara que me había puesto tanto tiempo no me había ayudado para nada a ser como otros esperaban que fuera. Lo único que conseguí fue hundirme en la apatía y acallar a esa niña interior que exigía vivir la vida con ilusión.

¿Podemos vivir sin celebraciones? Por supuesto. Pero también podemos comernos un plato de pasta sin sal, ¿no? La cuestión es que la experiencia no será la misma. Y, si me lo permitís, un consejo desde mi humilde experiencia: no os limitéis a sazonar con sal y pimienta. No os limitéis a las recetas socialmente aceptadas, a celebrar la vida como otros marcan. Agregadle las especias que vosotros queráis, sin pensar en si a otros les gustará. Es vuestra vida: sazonadla a vuestro gusto. Es el único modo de acercarse a la felicidad.

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