They try to make me read my reviews (but I said no, no, no)

Laia Soler

Laia Soler

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Las críticas positivas son un chute de energía y motivación, sobre todo cuando estás inmersa en un nuevo proyecto y te asaltan las inseguridades; nos sirven para saber lo que estamos haciendo bien, para empujarnos… Son una forma de reafirmación, gasolina para nuestra creatividad.

Mi yo de 2013 no se creería que esté escribiendo esto, pero allá va: prefiero las críticas negativas a las positivas. No me malinterpretéis: no estoy loca, me encanta leer opiniones favorables de mis libros, saber que la historia en la que me volqué está cayendo en manos de lectores que la comprenden y la disfrutan. Las reseñas positivas me hacen muy feliz, pero no consiguen lo que las negativas sí: ayudarme a mejorar.

Una de las críticas más recurrentes que recibí con mis primeras novelas, esas que están en el cajón, fue que usaba demasiados adjetivos. Sinceramente, la primera vez que escuché eso, me cerré en banda y me dije que ese era mi estilo. Pero unas semanas después, volví al manuscrito e hice el ejercicio de eliminar adjetivos y… ¡Sorpresa! La narración fluía muchísimo mejor. Si nadie me lo hubiera advertido, a lo mejor ahora seguiría escribiendo cosas como: «Las tupidas copas de los árboles se mecían suavemente bajo el cálido sol veraniego» (así empezaba, más o menos, mi primer intento de novela).

Sin la editora que me dijo que no hacía falta que describiera a un cuchillo como «mortecino» en una escena de asesinato, tal vez ahora no vería que «cálido sol veraniego» resulta algo redundante. Sin la profesora de periodismo que me señaló mi tendencia a acabar los párrafos con golpes de efecto, tal vez ahora tendría peor dominio del ritmo.

Las críticas negativas pueden ser un golpe a nuestro ego, pero también son la mejor forma de crecer como escritores. A mí me ha costado mucho tiempo sanar mi relación con las críticas negativas, pero no podría alegrarme más de haberlo hecho.

Cuando publiqué mi primer libro, me tomaba cada una de ellas como una afrenta personal, especialmente cuando señalaban errores que no lo eran. Recuerdo, por ejemplo, una reseña completamente destructiva en que me llamaron mala escritora (entre muchas otras lindezas) por escribir «los niños eran incombustibles». Dijeron que me inventaba palabras, se burlaron imaginando a los niños rociados con gasolina y a mí prendiéndoles fuego para ver si eran realmente incombustibles, que no sabía escribir, que no sabían por qué habían premiado mi novela… No tenían razón, pero en lugar de reírme como debería haber hecho, me sentí ofendida. ¡Que dijeran lo que quisieran, pero solo si era verdad!

Con el tiempo, aprendí a relativizar este tipo de críticas. Entendí que si quería que me leyeran, debía estar abierta a todas las opiniones, incluso a aquellas directamente erróneas, como en el caso de ese lector que me crucificó por usar palabras según él inexistentes. Los lectores tienen derecho a opinar sobre algo que yo he decidido hacer público, y quien tiene boca, se equivoca. Tampoco puedo pretender que todos los lectores conecten con mis libros ni que todo el mundo se sienta identificado o comprenda las imperfecciones personajes. Tampoco yo conecto con todos los libros que leo, ¿así que por qué debería afectarme que a alguien no le guste algo mío?

Para mí, la solución no pasa por ignorar sistemáticamente todo comentario negativo, sino por trabajar en tener una relación sana con ellos, porque ignorarlos y regarse de alabanzas no nos hace crecer; son las críticas constructivas las que hacen que cuestionemos nuestro trabajo desde una óptica nueva y nos permiten mejorar. No quiero decir que debamos hacer caso a todas las críticas que recibimos, pero sí debemos estar abiertos a escucharlas, valorarlas y, como último paso, decidir cuáles descartamos y de cuáles aprendemos. Debemos estar abiertos a que nos cuestionen para poder seguir creciendo. Como dijo el sabio, la duda es el principio de la sabiduría.

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