Love is in the books...

Laia Soler

Laia Soler

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«Ah, claro, escribes novelas románticas, ¿verdad?». Ya he perdido la cuenta de las veces que, a lo largo de estos años, alguien ha respondido con esta suposición cuando se ha enterado de que soy escritora. Las primeras veces me sentía molesta cada vez que alguien daba por sentado que por ser mujer y joven, lo más lógico era que escribiera historias románticas; pensaba que con el tiempo aprendería a responder y a dejarlo ir, pero la realidad es que aunque sí he aprendido a abordar esas preguntas, ahora me molestan incluso más que antes.

Fui inocente al creer que esas suposiciones tenían que ver más con mi edad que con el hecho de que yo sea mujer. Con el tiempo he descubierto que incluso un ámbito tan libre como la literatura no se salva de los prejuicios sexistas: si eres mujer y escribes sobre amor, escribes novela romántica.

Este prejuicio me saca de mis casillas por varios motivos. Para empezar, porque menosprecia la novela romántica reduciéndola a los cuatro clichés de siempre, y dentro del sector hay quien las mira por encima del hombro mientras aplaude otras obras de valor artístico muy similar de géneros tradicionalmente explotados por hombres, como el thriller. Bajo la etiqueta «novela romántica» caben miles de libros, algunos escritos para ser devorados, otros para hacerte sentir, otros para abrirte puertas a la reflexión… Reducirlos a una misma cosa resulta insultante y una muestra más de que todo lo asociado con lo femenino se juzga automáticamente como inferior a lo asociado con lo masculino.

A las mujeres se nos suele atacar por nuestras emociones: somos unas exageradas, unas histéricas, unas prepotentes… Los hombres, en cambio, son aseverativos, seguros de sí mismos, líderes. Ellos tienen control sobre sus emociones y, por tanto, pueden escribir sobre el amor no por cursilería o romanticismo, sino como forma de exploración del complejo universo emocional humano. Las mujeres, ya se sabe, somos mucho más básicas. Solo podemos escribir historias románticas, sin más. Poco profundas, por supuesto, porque aunque nos etiqueten como «seres emocionales», solo tenemos la capacidad de sentir, no de intelectualizar nuestras emociones. Da igual que el amor no sea el tema principal de la obra, o que el enfoque busque destruir la concepción tradicional del amor romántico; si eres mujer y tu libro incluye una historia de amor, siempre van a presuponer, y más si eres joven, que tu novela es una versión de «Crepúsculo” o de «Cincuenta sombras de Grey” (tampoco suelen esmerarse mucho en las comparaciones).

Normalmente, cuando alguien te suelta alguna estupidez de este estilo (y por desgracia, sucede más de lo que debería), suele ir seguida de algún comentario como: «Bueno, ya escribirás algo serio algún día». No voy a mentir, sigo enfadándome tanto como el primer día, pero también he aprendido que embarcarme en una discusión eterna sobre literatura y sexismo no sirve de nada si mi interlocutor tiene la mente cerrada y ninguna intención de cuestionar sus propias creencias. He entendido que el único camino hacia el cambio pasa por nosotras y por nuestro trabajo. Por eso sigo escribiendo sobre el amor: el propio, el romántico, el familiar o la amistad, que no es más que otra forma de amar. Sigo y seguiré escribiendo sobre nuestras emociones porque, desde mi punto de vista, no hay nada más serio que eso.

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