In my own little corner, in my own little chair

Andrea Izquierdo

Andrea Izquierdo

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En los últimos días, no para de rondar por mi cabeza lo importante que es tener un buen espacio de trabajo, sobre todo para quienes nos dedicamos a profesiones creativas y artísticas. 

Antes del confinamiento, mis funciones laborales ya cumplían todas las características del trabajo remoto: estaba acostumbrada a pasar largas horas frente al ordenador, sin necesidad de acudir todos los días a una oficina. Solo tenía que salir una o dos veces a la semana, pero el resto de días podía trabajar desde casa, ya fuera por cuenta propia o para clientes. 

Sin embargo, la COVID-19 lo cambió todo. Y uno de los aspectos que introdujo en mi vida (y la de muchos otros) fue el teletrabajo al 100%. 

No os voy a mentir: yo soy una persona a la que le gusta mucho estar en casa con mis libros, mis chinchillas y un té matcha en la mano. Los meses de confinamiento los llevé relativamente bien por este motivo. Aun así, conforme pasaba el tiempo, me di cuenta de que tenía que cambiar mi forma de trabajar, porque no era sano para mi cabeza estar escribiendo novelas en el mismo sitio en el que luego comía, cenaba, grababa vídeos y podcasts, atendía llamadas y hacía clases online, descansaba, veía una película con mi pareja haciendo lo mismo a un metro de distancia. Durante un tiempo intenté trabajar en cafeterías, pero las restricciones pronto se impusieron, y, además, a mi bolsillo tampoco no le hacía gracia tener gastos extra a diario. Cambiarme de lugar de trabajo dentro de la casa tampoco fue la solución: trabajar en la cama, por muy agradable que pueda parecer en teoría, al final solo se traduce en dolores de espalda y hormigueos en las piernas. La cocina ni la voy a mencionar, creo que eso solo pasa en las películas estadounidenses donde tienen un tamaño dos veces mayor que la de mi piso de Barcelona.

A pesar de todas las cosas malas que tenía mi lugar de trabajo, lo que realmente hizo «click» en mi cabeza y cambió mi perspectiva del teletrabajo fue la siguiente afirmación: el lugar en el que trabajamos afecta a nuestro estado de ánimo, productividad y calidad de los resultados.

Y me diréis: «Andrea, ese pensamiento era súper obvio, ¿en serio no te habías dado cuenta?». O, también: «Ya, Andrea, pero no todo el mundo puede montarse un despacho de un día para otro y que se solucionen mágicamente todos los problemas». Y estaríais en lo cierto. Sin embargo, como yo lo he tenido que aprender a la fuerza, no quiero que a nadie le vuelva a suceder lo mismo que a mí, que se dé cuenta cuando ya es demasiado tarde. Por eso, ahora mismo, os animo a quienes trabajáis desde casa a que intentéis que vuestra zona de oficina, sea cual sea, esté a vuestro gusto, lo más ordenada posible, y con aquellos objetos que os hacen felices (como diría Marie Kondo). Por ejemplo, en mi caso, en mi escritorio siempre hay flores (de las falsas, porque si no, se me mueren), un vaso de agua y una vela encendida. Se ha convertido en mi ritual, y desde que lo hago así todos los días he notado un cambio en mi productividad y en mi forma de enfrentarme al teletrabajo.

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